Sí o no, eso depende de la corriente de feminismo a la que se le pregunte, pero el punto no está allí.

El feminismo no es una organización, una institución o un culto. No existen membresías y, desde luego, nadie puede pedirle las credenciales a alguien más porque no habría forma de que las tuviera. Pertenecer a un movimiento es algo mucho más complejo porque las reglas generalmente no son explícitas y los liderazgos —si es que los hay— no son autoridades con el poder de proveer accesos o expulsar personas. En todo caso, es el grupo quien asimila o rechaza a cada individuo según criterios laxos relacionados con la suscripción de objetivos comunes, la coherencia de valores y visiones o la simple disposición de tiempo y trabajo en colectivo.

Aunque este ha sido el caso de bastantes en nuestra historia política reciente, el movimiento feminista llevó todo a un grado mayor de complejidad. Otros, como el socialista, acabarían por cobrar —o aspirar, al menos, a cobrar— jerarquías convencionales. Es decir: identificar un objetivo específico, alzar líderes que representaran legítimamente esa causa y definir tanto los métodos de acción como las metas para lograr el cometido. Esto permitía identificar al movimiento de forma clara y trazar sus fronteras con otros que se le asemejan, tanto en métodos con diferente fin como en fin con diferente método. Los criterios para formar parte del grupo se formalizaban y, por qué no, se ponían por escrito. Con el feminismo esto es casi imposible porque existe en red.

No hay uno sino muchos feminismos que habitan el mismo espacio público al mismo tiempo. Esto quiere decir que existen grupos contradictorios, y el movimiento mismo abraza y celebra esa posibilidad como un reflejo de la complejidad y diversidad en su interior. Por lo tanto, no hay un mando central: no hay una autoridad que pueda definir lo que es y lo que deja de ser feminista, ni se pretende que la haya. Lo único posible son consensos más o menos estables, pisos comunes que orientan el actuar de quienes habitan el movimiento hasta que alguna nueva perspectiva acaba por despedazarlos.

Un consenso entre los feminismos actuales es que el objetivo final yace en la liberación de las mujeres; pero una social, sexual, cultural, económica y política de la estructura que reproduce la desigualdad en ellas frente a los hombres. Es decir, no una liberación en sí misma y en abstracto: una en relación a otros sujetos injustificadamente más libres, en cuya libertad hacen manifiesto que las mujeres no lo son del todo. En lo que no hay consenso es en cómo conseguirlo, dónde realizarlo o cuándo cantar victoria. Tampoco lo hay en quiénes pueden hacerlo: en dónde trazar la línea entre la feminista y el resto —ni, evidentemente, en cómo se traza esa línea.

Una corriente liberal del feminismo asegura que cualquiera puede ser feminista en tanto desee acabar con dicha desigualdad en nuestras sociedades y se dedique a hacerlo. Los hombres pueden y necesitan ser feministas porque en ellos comúnmente se encuentra la acción machista, de modo que combatirla requiere tanto de la resistencia en las mujeres como de la activa complicidad de los hombres, por una parte reflexionando en nuestras propias acciones y por otra en la denuncia de nuestros compañeros. Esto es cierto, y sin embargo:

Otra corriente, heredera del pensamiento crítico, argumenta que las mujeres solo podrán superar la estructura patriarcal en tanto sean empoderadas como agentes de su propia liberación. Esto significa que los hombres no podemos ni le entregaremos a las mujeres su igualdad de género porque eso es algo que se encuentra esencialmente fuera de nuestras manos. En el momento en que les es dada, la estructura continúa reproduciéndose de una forma nueva; únicamente si ellas toman y configuran la igualdad podrá ser realmente suya. Los hombres pueden ser, desde luego, aliados valiosos pero no así feministas. Grupos, espacios y canales de comunicación exclusivamente integrados por ellas cobran un valor indispensable, y el movimiento mismo se vuelve un territorio de conquista.

Grosso modo, dos corrientes difieren en la posibilidad de considerar a los hombres como miembros del movimiento. Las feministas liberales argumentan que no solo es posible sino necesario involucrarlos para alcanzar el objetivo; las críticas, que su colaboración es apreciable pero el objetivo inalcanzable con —y, por lo tanto, a través de— ellos. Porque difieren en los métodos y las metas, difieren también en la frontera donde se traza la membresía.

Visto desde otra perspectiva, el criterio para realmente reconocer a los hombres como feministas puede estar en nuestra posibilidad de aportar algo significativo a la causa. Allí tampoco hay un consenso, partiendo de la capacidad que tienen los hombres para entender siquiera la desigualdad de género.

Hace un par de años, en una conversación relacionada con este tema, yo señalaba que los hombres no podemos ser feministas porque la conversación necesita ocurrir desde, entre y a través de las mujeres. Que nuestra intervención como hombres la estropea porque impone una voz masculina; que problematizarle a las feministas el feminismo es ese temido mansplaining que nos alza desde la condescendencia sobre ellas, incluso sin ser nuestra intención. Por el contrario, decía, tenemos el papel de escucharlas dando un paso a atrás.

Una amiga chilena argumentó lo contrario: señalaba que rechazar las ideas que vienen de nosotros por venir de nosotros, por ser enunciadas desde el género masculino, es una falacia argumentativa que únicamente empobrece la discusión y limita los resultados de la misma. Las ideas cobran su propio peso en tanto aportan y permiten la articulación de otras tantas a su alrededor, por lo que no dependen de su enunciante. Al contrario, veía problemático que el movimiento se entorpezca epistemológicamente por la comodidad de sus consensos, reduciendo a la mitad el número de cabezas que lo abordan.

En su momento me convenció porque tiene razón. A fin de cuentas, si escuchamos a las feministas es porque somos perfectamente capaces de entender sus ideas y asimilarlas, pero el resultado de hacerlo debería ser un nuevo aporte a la discusión. Ese es el punto de escuchar. Pasa que después lo dudé de nuevo, ahora no en relación a nuestra capacidad de procesar el problema sino al limitado acceso a información que tenemos de él.

El machismo es algo que se vive. Los hombres podemos leer los mismos estudios que las mujeres, comparar las mismas gráficas, discutir las mismas ideas y aun así desconocer cosas que, por obvias, no son parte de la conversación. Podrán ser experiencias subjetivas y, sin embargo, la repetición generalizada de vivencias las vuelve piezas indispensables de información que nosotros no podemos tener del todo, al menos no sin vivir sus vidas. Hablo del primer acoso y quién lo hizo, del poco espacio que les relegamos en las calles o de la frecuencia con que tienen que esquivar los cuerpos de hombres que se abalanzan sobre ellas con alguna excusa. Yo no sabía, por ejemplo, que el acoso de taxistas cuando contratan sus servicios de transporte era algo real, y menos que era algo común, hasta que vi un sketch de CUALCA donde lo denuncia. Al principio incluso creí que era broma, pero preguntándoselo a amigas quedé pasmado. ¿Cómo podemos combatir el patriarcado si no tenemos información completa sobre su existencia, y ocurre en momentos y lugares que ni siquiera nos imaginamos?

Quizás los hombres tengamos realmente un papel limitado en el movimiento feminista, por más que unas de sus corrientes nos convoquen. Quizás esa limitación no sea tan importante como participar activamente, a pesar de que otras de sus corrientes nos repelan; de todos modos, una feminista blanca no conoce del todo al patriarcado que viven las mujeres indígenas, por poner algún ejemplo. Quizás nuestra presencia sume o quizás reste. El consenso después de todo no está dado. No tengo una respuesta, pero creo que el punto no está allí.

Nadie puede darnos realmente credenciales ni sellar nuestra membresía feminista con legitimidad, ¿y para qué la querríamos de todos modos? Hay algo mucho más urgente y más importante que portar un título: ser, de algún modo, sin importar los nombres, útil para cumplir la causa.

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