Gloria Anzaldúa my love, este va pa’ ti.

El movimiento chicano encontró un espacio en las letras para visibilizar y reafirmar sus identidades ante y contra la sociedad estadounidense. En la poesía chicana, se abrió un espacio para la proyección de las distintas formas de ser persona, especialmente para el movimiento queer. Este grupo – y sus múltiples variantes – hace uso de la poesía como herramienta para resistir a los discursos imperantes de esta época, que buscan cooptar sus culturas e identidades para después colonizarlas.

La palabra “queer” proviene del inglés y significa “extraño” o “peculiar”, sin embargo, a partir de los principios del siglo XX se usaba este término para referirse de manera peyorativa a las personas homosexuales (Rendón, s.f).  En los años posteriores, la expresión queer pasó por una serie de resignificaciones y reivindicaciones en la sociedad, lo que hizo que terminara como una palabra sin una definición exacta. Es ahí, en la falta de precisión, donde radica su poder más grande: la transgresión. Cuando una persona se reconoce como queer, no sólo se apropia de una identidad, también de un posicionamiento político y un compromiso ideológico.  

Lxs autorxs que se inscriben a la teoría queer – como Judith Butler – ven al género como una construcción social y la identidad de una persona como algo que se encuentra en constante movimiento y presenta distintas variantes. Es decir, hoy podemos asumirnos como una persona heterosexual, pero dentro de algún tiempo podríamos identificarnos como bisexuales u homosexuales. Sin embargo, es importante establecer que ser queer no necesariamente implica tener una identidad de género o una orientación sexual determinada (Butler, 1999; Anzaldúa, 1991). El término queer quita las etiquetas, homogeniza y borra las diferencias de las personas.

Bajo el riesgo de simplificar demasiado el término “chicanx”, les llamamos así a las personas de origen mexicano nacidas en Estados Unidos. El origen de lxs chicanxs data de la era de la Conquista pero se establece cuando lxs nativo-mexicanxs de Texas, California, Nuevo México, Colorado y Arizona son expulsadxs de sus tierras con la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848.

Lxs mexicanxs que se quedaron en Estados Unidos fueron discriminadxs, abusadxs y presionadxs para adoptar la cultura localy aquellxs que la adoptaron, fueron rechazadxs por lxs habitantes del territorio mexicano (López González, 2016). Así fue como lxs mexicoamericanxs quedaron atrapadxs entre dos sociedades que no les reconocían;  lxs activistas chicanxs contemporánexs decidieron llamar “Aztlán” a esos territorios perdidos durante la guerra México-Americana y convirtieron a la región en un símbolo para la construcción identitaria de lxs mestizxs de Estados Unidos.

Es importante recordar que el discurso histórico jamás será neutral, las historias del pasado culturalmente construidas son usadas para marcar las identidades de grupos subalternos y reproducir modelos de opresión coloniales. Como resalta Andrea López Gonzáles en el artículo La mujer chicana y su poesía, lo chicano es una postura cultural y política donde se resaltan aspectos étnicos, lingüísticos y raciales de la otredad (2016). El movimiento chicano nace en 1960 para hacer frente a las limitaciones políticas, sociales y raciales que caracterizan a los grupos marginados. Así, ser chicanx se posiciona como una resistencia contra una sociedad estadounidense excluyente y una sociedad mexicana que les desconoce.

El movimiento queer y el movimiento chicano son dos sistemas culturales que surgen como respuesta a configuraciones de poder y narrativas que marginalizaban a ciertos sectores de la sociedad norteamericana, así como de los problemas que existen para lxs que van en contra del discurso del poder hegemónico y los supuestos patriarcales. Ambos movimientos reconocen la inmensa variedad en las formas de ser persona y ofrecen un espacio para la resistencia simbólica de todo aquello que se considera como “extraño” o “desconocido”.

Al igual que el término queerque en sus inicios se utilizaba para referirse a lo otro, lo abyecto y todo lo que no encajaba dentro de un sistema – el proyecto de la chicanidad se transformó en una bandera positiva y con orgullo que millones de personas portan (López González, 2016). El mestizaje pasó de ser visto como un estigma social y político, a ser un motivo de celebración de la existencia de identidades múltiples. Lo queer y lo chicano se unen para darle nombre y espacio a un grupo de personas que no pertenecen a ningún lugar y, que al mismo tiempo, los abarcan todos.

La poesía chicana es un espacio de acción simbólica; por ello, los movimientos sociales de Estados Unidos, el racismo, la sexualidad, la solidaridad femenina o el poder de transgresión de la escritura son recurrentes en los textos de esta corriente literaria. Sayak Valencia, escritora y ensayista feminista, impartió un taller sobre escritura chicana en el que señaló que en la actualidad, la poesía es un proyecto político que se refleja en nuestros cuerpos, sexualidades y en los espacios que ocupamos. En la escritura de las poetas chicanas existe una conexión directa con la reivindicación de prácticas sexuales y de género.

Gloria Anzaldúa, poeta chicana, fue una de las primeras personas en hacer uso del término queer – incluso años antes que lxs teóricxs académicxs – en un sentido subversivo y sexo-disidente.  Anzaldúa contribuyó de gran manera a las políticas del espacio literario queer, pues remarca la importancia de visibilizar cómo el género, la etnicidad y las fronteras geopolíticas forman las relaciones de poder dentro y fuera de la comunidad queer y de la chicana (Prieto, 2000; Nazareno, 2015).

El siguiente es un extracto del poema Orphan of Aztlan, escrito por lx poeta queer Luis Alfaro (2012).  A través de la autobiografía, lx autor/x usa su cuerpo como objeto de discurso y la poesía como herramienta para problematizar la relación entre las identidades queer y chicana:

En la tradición chicana, la poesía ha sido una forma valiosa de explorar y descubrir la identidad cultural (Simms, 2004). Luis Alfaro señala las dificultades de ser la unión de contrarios – ya sea México-Estados Unidos o lo queer frente a la faceta patriarcal de la sociedad chicana – y lucha por ocupar un espacio en su realidad inmediata. Lx autor/x logra abordar cómo el cuerpo de una persona morena, mestiza y queer siempre está en constante cambio, no tiene un lugar ideológico, político y social estable. Los cuerpos queer, al igual que los chicanos, son un cruce de caminos, fronteras e identidades. A través de la poesía, Gloria Anzaldúa y Luis Alfaro se resisten a la colonización de los cuerpos para así, existir y persistir.

Lxs poetas chicanxs tomaron la poesía, la convirtieron en su protesta y después en su arte; usaron las palabras, los versos y las prosas para construir discursos y lograr transgredir. Al igual que otros movimientos literarios, lo chicano logró encontrar un método que le permitía a sus minorías – mujeres, LGBT+, queer – ocupar un espacio y hacer uso de su voz para concientizar a la sociedad sobre temas que habían sido silenciados debido a las dinámicas de dominación.  

La sociedad estadounidense se ha convertido en un mix de culturas impresionante, pero aquellas personas que vayan contra el mainstream ideológico están condenadas a vivir en los márgenes de la sociedad, en donde todas las identidades culturales y no heteronormadas se relacionan. La queerdadanía de Aztlán construyó su propia utopía fuera de estos márgenes, una utopía en la que el discurso hegemónico ha perdido poder y lo “extraño” y “peculiar” es celebrado.

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