La sociedad británica y su recorrido nostálgico por la cultura queer.

Este año Reino Unido celebra el 50 aniversario de la descriminalización parcial del sexo entre varones. Así es, la distinguida sociedad inglesa, con sus adorables bandejitas relucientes de porcelana para el té, sus lindos callejones encantados, su economía (cada vez menos) fuerte, sus universidades de punta, museos de vanguardia, sus aportaciones a las ciencias y a las artes, Harry Potter, y siendo un aparente ejemplo occidental de civilidad, no tiene ni un siglo que dejó de castigar y perseguir con todo el peso de la ley a aquellxs que se atrevieron a “perturbar” el estilo y elegancia de las buenas costumbres británicas con sus “cochinadas”. Un abuelito gay en Gran Bretaña te contaría cómo es que no pudo coshar a gusto sin esconderse de la policía hasta después de los 30 años, y de matrimonio mejor ya ni hablemos.

Lo que es de reconocerse, es que en el marco de este acontecimiento, el país no se permite olvidar el martirio al que sometió a su comunidad LGTB+ por décadas, y desde abril de este año se inauguró la exposición de arte Queer British Art 1861-1967 en el Museo Tate Britain, el resultado de una exploración de las conexiones entre el arte producido en este periodo de tiempo y los fenómenos sociales que ocurrían en torno al gran rango de sexualidades e identidades de género existiendo en el país. En otras palabras, la historia de los chismes más hot de la sociedad inglesa entre 1861 y 1967 contada con piezas de arte, muchas de ellas (para mí) maravillosas.

Tuve la suerte de estar en Londres y tener las £13 que iba a gastar en mi desayuno pero que mejor usé para pagar la entrada (unos $300 pesos mexicanos, nomás). Así que después de pasarme el día explorando las salas, tomando notas, escondiéndome de lxs guardias para tomar fotos clandestinas de las cédulas (porque las fotos están prohibidas, carajo), analizando las piezas e intercambiando puntos de vista al respecto con turistas gringos enfundados en sendas chanclas con calcetines, decidí escribir una reseña de mi experiencia para que quien quiera leerla con ayuda de su IMAGINACIÓN (sí, léase con la voz de Bob Esponja) pueda darse una paseada imaginaria por los highlights de esta exposición a través de mis muy personales interpretaciones de este trabajo que, si se me permite decirlo, es formidable, considerando la escasez de material artístico relativo a estos temas debido a que en su momento fueron objeto de persecución y destrucción. Tomen mi mano y volemos juntos.

De entrada, Tate Britain es un delicioso edificio blanco (hay algo delicioso en describir cosas no comestibles con el adjetivo “delicioso”) de estilo clásico con grandes columnas, y el mero hecho de entrar ya es toda una experiencia. La exposición de arte queer se encuentra en la galería del sótano y está compuesta por ocho salas ubicadas una tras otra, lo que te obliga a hacer tu recorrido de forma lineal, en el orden cronológico en el que la exposición está diseñada. Cada sala explora una época y un aspecto distinto de la vida queer en Reino Unido, con fotografías, dibujos, pinturas, esculturas, pósters, recortes de periódicos y más material documental.

La exposición inicia en la sala llamada Coded Desires (Deseos codificados), en 1861, con el tema de la abolición de la pena de muerte por sodomía. Esto no fue tan bueno como suena, ya que la anulación del uso de la horca para los muchachitos que agarraban en la movida no significó la descriminalización del acto. En la era victoriana, la homosexualidad masculina seguía persiguiéndose y castigándose con la cárcel. Y aquí fue donde algo fundamental llamó mi atención: el lesbianismo no era castigado. Es más, ni siquiera era algo, todavía. El contacto sexual entre mujeres no era algo incompatible con un matrimonio heterosexual, no existía un nombre para ello y era básicamente una de esas realidades incómodas con las que la sociedad se hacía de la vista gorda y cambiaba rápidamente de tema, escondiendo la cara tras una taza de té. Hablar de ello era como platicar con tu mamá sobre tus hazañas sexuales durante el almuerzo: incómodo e innecesario. Así como tu mamá sabe que eres sexualmente activx pero prefiere ignorarlo y pretender que eres inmaculadx para preservar su propia paz mental, así los maridos de la era victoriana sabían que sus esposas se estaban dando a las sirvientas con singular entusiasmo, pero no se decía ni pío al respecto. El término “lesbiana” (que en esta sala aprendí que proviene de la isla griega de Lesbos, en donde habitó la poeta Safo en el siglo cinco a.C.) no fue acuñado sino hasta mucho tiempo después. En esta época varixs artistas produjeron piezas con contenido queer bajo la fachada de que sus exploraciones tenían fines meramente artísticos. No importaba cuantas figuras masculinas desnudas y en posiciones comprometedoras pintaras, mientras no se supiera que estabas pintando eso porque en la vida real ese monigote de pene grande abrazando a otro eras tú, porque entonces sí se te armaba. Fue así como artistas como Sidney Harold Meteyard, Aurora Thriumpans, entre otrxs, aprovecharon esta ambigüedad para producir dibujos, pinturas y esculturas que en su momento fueron recibidos como simples productos de inspiración relativa, pero que en realidad surgieron a partir de sus propios deseos, que tuvieron que mantener en lo secreto. Así encontramos por ejemplo The Bridge, Bridegroom and Sad Love (1865), un tristísimo dibujo del buen Simeon Salomon, en donde una pareja heterosexual desnuda se abraza, mientras que el hombre le da la mano discretamente a una tercera figura masculina situada detrás de él, que lo mira con tristeza. La pieza que más llamó mi atención en esta sala.

La siguiente sala, Public Indecency (Indecencia pública) aborda cómo es que la vivencia de las sexualidades, en ese entonces “alternativas”, y la diversidad de género se mantenía en lo privado, y qué sucedía cuando pasaba al dominio público entre 1880 y 1920. En este periodo de tiempo se le asignó al crimen de la actividad sexual entre varones con el nombre de gross indecency (con varias posibles traducciones, dejémosla en “conducta indecente”), y fue con este cargo que el querido Oscar Wilde fue procesado y condenado a tres meses de prisión, más cierto periodo de tiempo de trabajos forzados, debido a su romance con Bosie, en 1895. En esta sala exhiben, entre otros documentos y evidencias, una puerta verde que mantuvo encerrado a Wilde durante su condena, la cual by the way aprovechó para escribirle una muy larga carta de amor a su otro amante: Lord Alfred Douglas. Tomen perros.

Otra pieza interesante es un dibujo a cargo de Edmund Dulac en 1920 de una pareja gay (la versión oficial obviamente es que solo eran amiguitos), Charles Ricketts y Charles Shannon, dos artistas amigos de Wilde, cuya casa Wilde describió como “la única casa en Londres donde jamás te aburrirías”. Esta sala en particular me hizo de alguna manera sentir cierta envidia de no haber estado ahí para participar de la intriga, los chismes buenísimos y el cotilleo, porque en esa época Londres no era tan grande aún, y toda la banda de artistas, escritores y demás personajes involucrados en el relajo queer del momento se conocían entre sí. Por favor, si existía una Sociedad Secreta Queer llamada The Order of Chaeronea (La Orden del Fénix, digo, de Chaeronea), que si bien, en aquel momento solo admitía miembros varones, era el reflejo de que un debate más grande se estaba llevando a cabo en torno al tema de la diversidad sexual y de género. Y es que fue en este periodo de tiempo que los alemanes seguidos por los ingleses, comenzaron a hacer los primeros intentos científicos reales por clasificar las preferencias sexuales y de género, y así surge por ejemplo Sexual Inversions en 1896, libro que definió las sexualidades queers en Inglaterra por una generación, y estuvo a cargo de Havelock Ellis en co-autoría con John Addington Symonds. The Well of Loneliness (1928), otro libro icónico de la época escrito por Margueritte Radcliffe Hall, quien prefería que la llamaran John, puso el foco del debate sobre el deseo femenino. Tuve la oportunidad de ver un maravilloso retrato de este personaje realizado por Charles Buchel en 1918: su elegante, británico y masculino estilo de vestir, así como su cabello corto marcaron la tendencia de la estética física asociada al lesbianismo. Radcliffe Hall fue un personaje determinante en su época y este retrato es un ícono de la cultura queer europea, incluso en la actualidad.

La tercera sala nos transporta al glamour, el glow y la magia de los primeros espectáculos precursores del drag de la historia occidental. Theatrical Types (Tipos Teatrales) es el nombre de esta sala, que expone fotografías, recortes de periódico, exquisitas piezas de brillante vestuario, máscaras y algunas pinturas que dan cuenta de la cultura drag durante la Primera y Segunda Guerra Mundial. Resulta que estos espectáculos escénicos estelarizados por mujeres y hombres personificando al sexo opuesto con exóticos vestidos cubiertos de plumas y joyas falsas, eran considerados entretenimiento inocente y familiar. Es muy probable que tu primera opción de entretenimiento para un fin de semana, si tienes familia, no sea llevarlos a ver espectáculos drag (de lo que te pierdes), pero en esta época ciertamente este era el plan para las familias de la sociedad inglesa, niñxs incluidxs. En la escena drag brillaron Terry Durham, Tommie Rose, Chris Shaw, Danny La Rue, Hetty King, entre otrxs.  No era un asunto de cabaret, no eran espectáculos clandestinos, lxs artistas eran famosxs y reconocidxs en todos los niveles socioeconómicos y tratadxs con respeto y admiración…mientras todo se mantuviera en el escenario. Los performances no se relacionaban con las identidades de género reales de lxs artistas y si algunx era descubierto cometiendo “indecencia pública” con su vida personal, era objeto de persecución, tal fue el caso de las actrices Fanny Boulton y Stella Graham. Maudallan, una famosa bailarina que solía interpretar a Salomé en escena, fue duramente juzgada por su vida personal y acusada de ser una “miembro del Culto del Clítoris” (¡Virgencita plis! un culto que se llame…) por Noel Pemberton, un miembro de la alta sociedad inglesa con el mejor cerebro del mundo para inventar buenos insultos.

Mi primera impresión de la cuarta sala fue que quizás ya había terminado la exposición y estaba entrando a otra: una gran sala color amarillo pálido donde predominaban las pinturas en tonos pastel de flores, de armónicos interiores de casas, y algunos retratos individuales de mujeres y hombres. Pero no, era la misma exposición. En esta sala, llamada Bloomsbury and beyond (Bloomsbury y más allá), se analiza la vida del Grupo Bloomsbury, un grupo de artistas y escritorxs que se volvió famoso por vivir en poliamor, hetero y homosexual, dándose todxs con todxs y dándole vuelo a la hilacha, por así decirlo. Así, Dora Carrington amaba a Lytton Strachey, quien también la amaba a ella, tanto como amaba a Ralph Partridge, y los tres vivían juntxs muy contentxs. A su vez Vanessa Bell y Duncan Grant vivían felices en su linda casita del este de Sussex, donde los amantes de Duncan hacían visitas frecuentes para tomar el té y también otras cosas. A Vanessa eso no la incomodaba, al contrario, le daba tiempo para ir a visitar a su marido, con quien obviamente no vivía pero con el que estaba felizmente casada. “Puro degenere” diría mi abuelita, pero la verdad es que estaba lejos de serlo: se trataba de un profundo experimento social queer por parte de este grupo de wannabe modernitos, basado en la honestidad, el respeto y el apoyo mutuo. En este periodo es notable la importancia que cobra el arte hecho por mujeres a un nivel académico, con piezas de Carrington, quien ya exhibía en The Fine Art Society, o Ethel Walker, cuya pintura Decoration: The Excursion of Nausicaa (1920) fue, sin ninguna duda, mi pieza favorita de toda la exposición. Se trata de un cuadro de gran formato inspirado en el cuarto libro de La Odisea de Homero, en el que se aprecia a la princesa Nausicaa bañándose felizmente con sus sirvientas, y que se puede relacionar con la visión utópica de una sociedad puramente femenina. Es un cuadro impecable, de una belleza melancólica pero con una energía vibrante. Vale la pena que lo googles. Walker, quien era lesbiana, fue la primera mujer en la historia en ser admitida como miembro de The English Arts Club.

La quinta sala, Defying Convention (Desafiando la convención), expone el trabajo de mujeres artistas LGTB+ de finales del siglo XIX y principios del XX, desafiando las convenciones de género con sus piezas y con sus propias vidas personales. Durante la Primera y Segunda Guerra el rol de las mujeres en occidente evolucionó, ganaron el derecho a voto en Reino Unido en 1918, la industria de la moda no fue insensible a estos fenómenos y las mujeres comenzaron a salir de casa usando pantalones; el lugar de la mujer dejó de ser exclusivamente la casa y empezó a ser requerida en otros escenarios. Todo esto provocó que lo que hablábamos hace un rato sobre el lesbianismo como un asunto que no merecía  atención social o siquiera un nombre, cambiara. La discusión pública sobre el deseo sexual entre mujeres se calentó, se ubicó en el foco del debate y dejó de ser la cosa inocente que había sido hasta entonces, como si tu mamá ahora sí se te pusiera a las patadas porque encontró los condones en tu cajón y esta vez decidió no ignorarlo. En esta sala pude contemplar las fotografías de Claude Cahun, artista francesa que cuestionó enérgicamente el concepto del género binario. También algunas escenas pintadas por Laura Knight, la primera pintora de la historia en ser reconocida como académica, en 1936. Mi pieza favorita en esta sala fue un cuadro a cargo de Dorothy Johnstone llamado Rest time in the life class (1923), un cuadro precioso que muestra en el fondo a un grupo de mujeres en el Edinburgh College of Art charlando durante una clase de dibujo, y en primer plano a una mujer desnuda posando para dos mujeres artistas, que la dibujan delicadamente en un lienzo. Desde mi carrera, uno de los temas en los que más me interesa explorar es el papel de la mujer en la historia del arte como creadora, y este cuadro logró conmoverme a niveles ridículos y bochornosos. Si algún día por azares del destino me vuelvo millonaria, mi primera adquisición va a ser ese cuadro. Ya dije.

Arcadia and Soho (Arcadia y Soho), la sexta sala, te da todas las razones para sentir que tu vida es sumamente aburrida porque no vives en el Londres de los 50s y 60s, donde Soho (zona ubicada en el centro de Londres actualmente conocida como la zona gay de la ciudad) era el epicentro mundial de la cultura queer y descrita por Francis Bacon como “el gimnasio sexual de la ciudad”. Imagínate, un ecosistema de artistas queer viviendo juntxs y compartiendo estudios, produciendo arte inspirado en sus viajes, organizando tertulias, fiestas, reuniones y exposiciones e intercambiando chismes. Drama, drama. Peter Watson, un reconocido mecenas y coleccionista de la época que además fundó la revista literaria Horizon y co-fundó el Instituto de las Artes Contemporáneas parecía ser quien motivaba a este grupo de artistas que incluían a John Craxton, John Minton y a Keith Vaughan con sus dibujos basados en fantasías homoeróticas sadomasoquistas, que tuve el gusto de apreciar en esta sala, así como los collages de Kenneth Hallwell, entre muchxs otrxs. Aquí también pude apreciar un póster de la película A Taste of Honey (1961), la primer película en la historia en tener representaciones positivas de un personaje queer. Y como un dato curioso, resulta que después de la Segunda Guerra Mundial, las revistas de body-building (de fisicoculturismo) para hombres, que era posible comprar en cualquier esquina, proporcionaron a los fotógrafos gays el pretexto perfecto para explorar impunemente la fotografía homoerótica, además de representar una especie de “porno socialmente aceptable” para homosexuales. Pude ver expuestos ejemplares de la revista Health and Strength y Man’s World.

La penúltima sala, Public/private lives (Vidas públicas/privadas) aborda las contradicciones de la vida queer en los 50s y 60s en Reino Unido, justo antes de la despenalización de las relaciones homosexuales en 1967. En esta época las parejas homosexuales (de hombres y a este punto ya de mujeres también) seguían viviendo con la consigna de ser sumamente cautelosos de que sus vidas privadas no salieran a la luz, y en el caso de las mujeres, si bien el lesbianismo no era ilegal como lo era la homosexualidad masculina, sí enfrentaban la ira y la marginación social. Así los artistas Joe Orton y Kenneth Halliwell tenían dos camas en su casa para despistar a las visitas de que realmente eran una pareja, lo cual no era una precaución exagerada, porque la policía de la moralidad (no es broma) te caía cuando menos lo esperabas, y artistas como Michael Pitt-Rivers, Lord Montagu y Peter Wildeblood fueron procesados y enviados a prisión.

Finalmente la última sala de la exposición, nombre,  está dedicada enteramente a las piezas de dos artistas icónicos de la historia del arte queer en Inglaterra: los polémicos Francis Bacon y David Hockney, quienes produjeron las piezas más atrevidas y controversiales bajo el tema del deseo por el mismo sexo. Ya puedes empezar a sentir simpatía por Bacon, quien fue echado de su casa siendo solo un adolescente, cuando sus papás lo cacharon probándose los calzoncitos de su mamá. A partir de eso se dedicó a vagar por Londres y a comenzar su exploración personal de la figura humana, con propósitos meramente artísticos claro. Hockney llegó a Londres en el ‘59 para estudiar en el Royal College of Art, y lo que pasó cuando contempló el trabajo de Bacon en la Galería Marlborough fue que se le cayeron los calzones de la impresión, y yo no descartaría que literalmente. La cita textual de lo que dijo cuando vio uno de los subversivos cuadros de desnudos masculinos de Bacon fue “casi puedes olerle las bolas” (qué fino), y esto sirve para darte una idea del estilo artístico de Bacon, en caso de que no estés familiarizadx ya con él. Este dúo maravilla no se andaba con sutilezas. Si bien cada uno tenía su estilo particular (Hockney era mucho más juguetón, experimental y abstracto, mientras que Bacon era más crudo, directo, y explícito) ninguno de los dos caía en ambigüedades en sus respectivas exploraciones de las relaciones homoeróticas. De hecho, la exhibición de Bacon en el Instituto de las Artes Contemporáneas en 1955 fue investigada por la policía debido a su fuerte contenido sexual masoquista, y Tate exhibe en esta sala múltiples piezas que estos loquillos usaron para gritarle a la sociedad de su época quienes eran ellos.

Estaba a punto de irme (me tomó al menos seis horas recorrer y saborear tranquilamente la exposición) cuando noté que al final había una sala dedicada a una pequeña dinámica de interacción con los públicos. Se invitaba a lxs asistentes a escribir en un trozo de papel sus impresiones, opiniones, reflexiones o cualquier comentario de cualquier naturaleza que hubiera surgido de su recorrido por la exposición y dejarlo visible en una serie de estantes, donde pudiera estar a disposición de cualquiera para su lectura. Había muchísimos mensajes de apoyo en muchos idiomas, invitando a la comunidad LGTB+ a resistir, y al resto de la sociedad a sumarse a la cultura incluyente. Jauría dejó su mensajito así:

Al final de mi recorrido me quedé con la sensación de querer llevarme a mi casa la exposición completita, y como los #PinchesIngleses siempre piensan en todo, te venden por £20 (como $500 pesitos) el catálogo de la exposición, primorosamente diseñado con amor, con todo el material visual y textual. Sobra decir que me quedé sin comer el resto del día (y que tuve que caminar hasta mi casa porque me quedé sin un centavo), pero además salí con otro librazo genial, A Queer Little History of Art, de Alex Pilcher, que recomiendo ampliamente porque ya no solo aborda la historia del arte queer en Inglaterra, sino en todo el mundo.

Está demás decir que si tienes la buena suerte de andar por Londres en estas fechas, darte una vuelta por esta exposición curada por Clare Barlow, cuyo objetivo además es estimular el diálogo en torno a este tema y el surgimiento de más material y más historias, es casi obligatorio. Quizás te quedes en ayunas una mañana entera como yo, pero te aseguro que ningunos fish and chips valen tanto la pena como para perderte esta exposición.

Queer British Art 1861-1967 estará abierta al público hasta el primero de octubre de este año. Si quieres saber más, échale un vistazo a su página:

http://www.tate.org.uk/whats-on/tate-britain/exhibition/queer-british-art-1861-1967 

“Para mí, el uso de la palabra queer es una liberación; era una palabra que me asustaba, pero ya no.” Derek Jarman.

 

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