El cuento del príncipe azul ya se deslavó.

En los mercados comerciales existe toda una categoría destinada a la producción de productos románticos, tales como películas, novelas, poemas y canciones que diariamente generan transacciones económicas con base en los sentimientos de lxs consumidorxs (quienes parecen despistadxs o acostumbradxs a la hora de consumirlos.)

En tiempos actuales hemos notado cómo la modificación en algunos criterios de selección reinventan los mercados. Por mencionar solo un ejemplo, los mercados de la alimentación y el autocuidado han evolucionado a consecuencia de la toma de decisiones de los consumidorxs. Sus decisiones tienen el poder de cambiar la oferta.

Ya sea por tendencia o por un verdadero despertar de consciencia, me pregunto si una renovación similar pudiera ocurrir en el mercado cultural del amor. En el mundo occidental sigue operando de manera casi monopólica el “amor romántico” como producto cultural, sin tomar en cuenta los retos y características de nuestros tiempos.

Este planteamiento deriva de las estadísticas in crescendo a nivel mundial (solamente en México la tasa de divorcio ha aumentado al 136%, según cifras del INEGI) y de la honesta idea de que un concepto arcaico del amor ya no es suficiente para sostener nuestros sistemas afectivos. Estoy segura de que todxs somos capaces de amar y ser amadxs de otras maneras que sean sanas y realistas. Fervientemente creo que el romanticismo nos ha hecho (y sigue haciendo mucho daño).

“Si cuestionamos las suposiciones del punto de vista romántico del amor no es para destruirlo, sino para salvarlo.” –Alain de Bottom, filósofo y escritor suizo.

Como su nombre lo apunta, el “amor romántico” es consecuencia de la línea de pensamiento correspondiente a la época del Romanticismo (siglo XVIII y siglo XIX), el cual estuvo caracterizado por posicionar en primer plano al instinto sobre la razón y por abrir espacio a la fantasía y a la sensibilidad para la toma de decisiones. Este periodo histórico se recuerda por la proliferación artística, la cual contemplaba como creadores únicamente a personas del sexo masculino en base a criterios sociales de sus tiempos. Cuenta la leyenda que la comercialización del romance también ha sido útil para darle más poder al patriarcado, así que: ¡aguas de limón!

Desde un inicio (y además de las funciones biológicas) la institución del matrimonio había fungido como modelo de control sobre la distribución de las tierras, del valor económico y del estatus social. Las personas se casaban por conveniencia o por obligación, lo cual dejaba espacio para el amor únicamente fuera de casa.

Para lxs románticxs, la idea de compartir la vida con alguien a quién no se amara era inaceptable, por lo que agregarle el ingrediente del amor a la ecuación, equivalía a la transformación de una práctica social milenaria. Se requirió la creación de mandamientos que justificaran su pensamiento, algunos como los siguientes:

1.Existe un alma gemela allá afuera para cada unx de nosotrxs
2. Conocer a tu alma gemela equivale al fin de la soledad.
3. El amor te hará feliz.
4. El amor es omnipotente: todo lo puede.
5. El verdadero amor es eterno. Vivirán felices para siempre


Los planteamientos de lxs románticxs fueron tan poderosos que funcionaron.
Son argumentos que prometen la salvación casi absoluta de nuestras pobres almas en pena. Pero la verdad es que el amor romántico es víctima de sus propias expectativas. No es de a gratis la connotación negativa que se ha ganado el término hopeless romantic.

Ilustración: Liana Fink

Aún hay esperanza.
Grandes entusiastas le han invertido a la remasterización del concepto del amor moderno. Algunos de los precursores en teorizar una nueva manera de amar son el filósofo Alain de Bottom y la terapeuta belga Esther Perel, a quienes personalmente denomino los padrinos mágicos del Posromanticismo.

El primer paso para adoptar esta contrapropuesta es aceptar que gran parte de nuestras decepciones se encuentran cimentadas precisamente en las suposiciones del amor romántico, el cual plantea la existencia de las almas gemelas. Nadie merece que le enjareten tanta responsabilidad.

El amor posromántico involucra almas impares: seres imperfectos con impulsos y deseos propios. No hay uno sola unión, sino tres entidades.
Existo yo / existes tú/ existimos nosotros
Se busca el equilibrio entre lo que yo quiero, lo que tú quieres y lo que consideramos sería bueno para nosotros.

Ilustración: Liana Fink

Según el amor romántico cada parte de nosotrxs merece ser amada. Si una persona verdaderamente nos ama, nos va a comprender intuitivamente y no tiene el derecho de desear cambiarnos.

Alain de Bottom invita a re-postular nuestra actitud ante la crítica al proponer que no debemos esperar ser aceptadxs completamente ya que no somos perfectxs y no debemos imponernos como si lo fuéramos. Este planteamiento deja la puerta abierta a la mejora de unx mismx al comparar el acto de amar con un proceso de enseñanza mutua, donde la comunicación suprime al uso exclusivo de la intuición a la hora de interpretar el comportamiento de la otra persona y el cambio resulta ser una herramienta beneficiosa para lxs involucradxs.

La doctora Perel recomienda encontrar múltiples fuentes de conexión e intimidad en diversos grupos de apoyo (familia, amigos, compañeros de trabajo) que se mantengan presentes en nuestra vida en comparación con un comportamiento romántico que ella ha detectado en algunxs pacientes suyos que se aislan en el propio enamoramiento y asumen que el sujeto amoroso hará el trabajo representativo de toda una comunidad para atender sus necesidades de atención y afectividad.

Hay que agradecer y reconocer la presencia de la otra persona en nuestra vida ya que nadie nos debe nada y si permanecen con nosotros es por elección, no por destino. Reconfigurar la afirmación “te necesito y por eso estoy contigo” por la raíz de cualquier conexión “tú me importas y por eso estoy contigo”.

“La calidad de nuestras vidas depende de la calidad de nuestras relaciones.” –Esther Perel, sexóloga y terapeuta de parejas

Nadie se salva de haber armado su propia lista de atributos que unx espera en su persona ideal (considerando una postura demandante: “esto es lo que tú tienes que ser para mí). Esther Perel recomienda realizar el ejercicio con una visión inversa de la situación: armar una lista sobre los aspectos que unx puede aportar en una relación.

Este ejercicio funciona como reality check para percatarnos de nuestras propias respuestas: ¿Cómo soy yo en el amor? ¿Con qué me siento cómodo? ¿Qué puedo aportar a la vida de una persona? ¿Qué tanto compromiso estoy dispuesto a tener en este momento?

No, no es el fin del amor. Es un linaje histórico, es causa y es efecto. Las características de nuestros tiempos han cambiado yes natural que la visión que mantenemos sobre el amor madure.

Somos sobrevivientes de acontecimientos y luchas sociales.
Nuestra generación es el resultado de la llegada de los anticonceptivos, de alzar la voz por las mujeres, de la búsqueda por los derechos de la comunidad LGBT+.
La herencia de estos episodios ha facilitado la apropiación de la propia sexualidad, lo cual ahora permite que forme parte de la identidad individual y el estilo de vida de cada quién, por primera vez en la historia.

Somos fruto de una cultura que le atribuye el sentido a la vida en la búsqueda de la felicidad. El mercado de auto ayuda y el mercado del emprendimiento empresarial nos dicen a gritos que sigamos nuestros sueños, que nos arriesguemos, que merecemos ser felices.

Debemos ser conscientes de las libertades de nuestra era. La oportunidad de dedicarle tanto tiempo a la construcción de unx mismx (y el valor de la personalidad) es un privilegio del cual podemos hacer uso para nutrir y fortalecer nuestras relaciones.

Es por todos estos factores que aplicar el amor posromántico es nuestro reto y nuestra oportunidad. Amar debe ser un proceso reflexivo y flexible. No amerita ser encuadrado y expuesto dentro del museo de la fantasía sino ser llevado a la calle donde podamos vivirlo, gozarlo y llorarlo. Al final del día es más valioso mantener una relación con una persona real e imperfecta que mantenerla con los fantasmas retrógradas del imaginario colectivo.

 

 

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