Los hombres tienen pene y la mujeres vagina, sí. Pero lo estamos entendiendo mal. A lo largo de la historia se ha ocultado gran parte de la anatomía sexual femenina repercutiendo en su autonomía sexual, en su identidad y limitando las herramientas para el autocuidado y el placer.

*Alerta de contenido: Para fines de este texto y que su lectura sea más simple, se ha utilizado el lenguaje femenino y masculino refiriéndose a mujeres cis y hombres cis respectivamente, pero la autora reconoce que los genitales no necesariamente están relacionados con la identidad de cada persona, y que el tener pene no necesariamente da una identidad clara y fuerte a sus dueñxs, como podría ser el caso de personas trans.

La educación de la sexualidad ha avanzado tanto (ajá) que si le preguntas a cualquier persona en la calle cuál es la diferencia biológica más importante entre hombres y mujeres, probablemente todxs van a contestar lo mismo: ellos tienen pene y ellas, vagina. Eso o sus respectivos eufemismos. No me mal entiendan. Los hombres sí que suelen tener pene, y las mujeres, vagina[1]. El problema, es que poquísimas personas saben qué es lo que en realidad tienen las mujeres cuando se quiere comparar con el pene, incluyéndonos a nosotras. Y el gran enigma que rodea nuestra zona pélvica trasciende a una mala educación sexual, infiltrándose en nuestro sentido de pertenencia, nuestro autoconcepto, posibilidad erótica y en nuestra identidad.

Para comprobar lo silenciado y escondido que ha estado nuestro cuerpo pueden hacer su propio experimento casero con sus compañerxs de trabajo, su círculo de amigxs cercano o su familia. Primero pídanle al grupo que dibujen un pene. En menos de 2.5 segundos la primera persona terminará su bosquejo, quien tarde más de 8 segundos será por el detallado fino: la textura, las venas, los pelos, las sombras. La diversidad probablemente abundará: cheetos y champis[2], gruesos y flacos, erectos y no, medianos y largos. En un segundo momento, pídanle al mismo grupo que dibujen una vagina. Ojos bizcos, miradas al cielo, risitas, intentos por recuperar las imágenes que se la viven compartiendo las feministas intensas en Facebook (yo soy de esas). Unos cuantos segundos extras, pero la mayoría lo va a lograr. EXCEPTO QUE NO.

 

Repitan conmigo: se llama vulva, no vagina.

 

SE LLAMA VULVA, NO VAGINA

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre una vulva y una vagina? La vulva es todo aquello que alcanzaría a ver a simple vista una ginecóloga (o una lesbiana/bisexual/bicuriosa a punto de pasársela muy bien) que tiene recostada frente a ella a una mujer con las piernas abiertas y flexionadas. O sea, el conjunto de órganos sexuales externos: los labios externos e internos, el clítoris, el monte de Venus y el vestíbulo. En el vestíbulo encontramos al meato urinario (por donde orinamos), los ductos parauretrales (por donde eyaculamos) y la entrada vaginal. Así es, la entrada nada más. La vagina sí que existe, pero sería muy difícil dibujarla, incluso verla. La vagina es el conducto que conecta el útero con el mundo exterior, por donde sale la menstruación o un bebé, por donde entra un dedo o un vibrador. Y a diferencia de lo que muchxs creen, no es un canal abierto, sino que sus paredes se tocan. Y la única forma de ver la vagina es metiendo un espéculo que mantenga todo separado y echar un vistazo con la ayuda de una lámpara.

¿Por qué llamamos erróneamente a la vulva como vagina? Sanyal (2009) explica de dónde podría surgir este suceso. Existe una técnica británica llamada “naming and shaming”, o sea, “nombrar y humillar”, la cual consiste en exponer públicamente a criminales, como un tipo de castigo social a través de la humillación pública. Algo así pasó con la vulva a escala mundial, con la diferencia de que se ocultó en vez de exponerla, y se “renombró”, o se “mal nombró” diría yo, una técnica todavía más inteligente/calculadora.

“Vagina” viene de “vaina”. Según el anatomista Matteo Realdo Colombo “aquella parte en la que la pica es introducida como una vaina” (Sanyal, 2009), un recipiente pues, esperando eternamente a ser llenado. Cuando le llamamos vagina a la vulva no solo invisibilizamos toda la compleja, diversa y sensual anatomía externa de los órganos sexuales femeninos, sino que también reducimos nuestros genitales a aquello que tiene  dos funciones:recibir un pene o expulsar un bebé.

Mientras que los hombres con pene han tenido algo que les identifique como sexo y que les da un sentido de pertenencia, algo con lo que divertirse haciendo todo tipo de competencias de exhibición o habilidades, nosotras tenemos un agujero, sin identidad, sin nombre, sin claridad, “(…) una carencia no solo física, sino también lingüística y, como consecuencia de esto, social y cultural” (Sayal, 2009).

Les tengo otra mala noticia (o buena). “Los hombres tienen pene y las mujeres vulva”, tampoco es la respuesta correcta. Si los hombres tienen sables láser (el pene) para combatir el lado oscuro, no podemos decir que nosotras tenemos el Senado (la vulva) compuesto de varios elementos y con muchas funciones además de mantener la paz y el equilibrio en las galaxias. Nosotras también tenemos un arma especializada, propia de solo unos cuantos cuerpos: el clítoris (La Fuerza).

Aproximadamente, a las siete semanas de gestación el organismo con forma alienígena que se está formando tiene un potencial bisexual. No, no le gustan los hombres y mujeres, porque eso no tendría sentido. A lo que me refiero es que hasta ese entonces ese embrión tiene el potencial de tener órganos sexuales femeninos, masculinos o cualquier combinación maravillosa intermedia. En ese momento el área urogenital (donde van los genitales) está conformada de un tubérculo genital, una protuberancia genital y un pliegue genital; dependiendo del cromosoma que se tenga, esa protuberancia puede crecer hacia fuera y convertirse en un pene, o crecer hacia adentro y convertirse en un clítoris.

Así es, el clítoris tiene el mismo tejido embrionario que el pene, o más bien, el pene tiene el mismo tejido embrionario que el clítoris. Y, aunque no es necesario llamarlo así, porque ya tenemos el resto de nuestras vidas (y la historia) para tomar al hombre como punto de referencia, el clítoris sería el verdadero equivalente al pene. Además, el clítoris no es solo una partecita de la vulva, sino que aquello que alcanzamos a ver solo es el glande, ¡la puntita de un complejo y extraordinario cuerpo interno!

El clítoris está compuesto del glande, el tallo, dos bulbos vestibulares y dos cuerpos cavernosos. En total tiene hasta ocho mil terminaciones nerviosas a lo largo de todo su cuerpo, Durante la excitación toda la estructura se llena de sangre y crece de tamaño y grosor, ¡alcanzando los diez centímetros de largo y seis centímetros de ancho o más! Y nunca está de más mencionar que el clítoris tiene la única, pero extraordinaria, función de dar placer. Mucho placer.

Ignorar cómo y qué conforma nuestro cuerpo deja indefensas a las mujeres, y sobre todo a las niñas. Sin un lenguaje que nos acerque a nuestra vulva, no hay forma de que las niñas hablen un abuso sexual. Si no conocemos todas las partes de la vulva, ¿cómo se supone sabremos cómo asear bien esta área?, y si no podemos siquiera asearnos bien, ¿cómo vamos a explorar?, y sin explorarnos, ¿cómo sabremos cuando algo importante cambie y necesitemos acudir a algún especialista? Y sin esta misma exploración, el camino a un placer sin culpas, autogestionado y empoderante se hace más difícil, en algunos casos imposible.

La imposición a la mujer de una sexualidad únicamente reproductora es un acto de violencia cultural, pues impide una sexualidad autónoma, consciente, placentera, haciéndola dependiente del placer masculino (Lameiras, Carrera, Rodriguez, 2013). Es el clítoris, y no la vagina, el homólogo del pene. Conocer la vulva y la anatomía completa del clítoris y compartir esta información constituye como una práctica subversiva que contribuye a la visibilización, y ésta, a la legitimización y recuperación de nuestros cuerpos y de la sexualidad femenina.

Son las palabras que usan otros, comúnmente ofensivas o anatómicamente incorrectas, las que hablan de nuestro cuerpo. Mantienen nuestros órganos sexuales ocultos para nosotras, y años después aprendemos que son los hombres quienes nos van a enseñar sobre ellos, en la cama o en el consultorio. Sin un lenguaje adecuado, no podemos describir con exactitud cómo cuidar y limpiar nuestros genitales, no podemos tener una imagen clara de qué es y cómo se debe de ver una vulva, menos de qué secreciones son normales y cuáles deben llamar nuestra atención.

El lenguaje es el sistema con el que comenzamos a darle sentido, orientación y apreciación al mundo. Conocer las denominaciones adecuadas entonces, es un primer paso para un un sentimiento de pertenencia, para  una primera identidad sexual sólida sobre la cual podamos construir una experiencia erótica autónoma, con herramientas para el autocuidado y una comprensión plena de quienes somos a partir de nuestro cuerpo. Imaginemos un mundo donde los hombres tuvieran pene y las mujeres clítoris. Un clítoris que forma parte de una vulva, compleja y diversa. Ahora dejemos de imaginar y comencemos a llamar las cosas por su nombre.

[1] Digo “suelen” porque no todas las personas que se consideran hombres tienen pene, ni todas las que se sienten mujeres tienen vagina, como es el caso de las personas trans o personas intersex. De hecho hay gente que no se identifica como hombre ni como mujer, como las personas no binaries, de género fluido o queers.

[2] Cheeto  y champiñón es una forma de describir al pene según su forma, sin circuncisión y con circuncisión, respectivamente. Fuente: compañeros en la secundaria.

[3] Con esto me refiero a los estados intersexuales, o sea, variantes genéticas en el desarrollo sexual de un ser humano, los cuales pueden suceder por diversas razones congénitas o genéticas. Y les llamo maravillosos porque en muchos, o la mayoría de los casos, el problema con la intersexualidad es social y no biológica, y aspiro a ver un mundo donde la diversidad sexual sea vista como tal.

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