La semana pasada le di 120 minutos de mi vida al final de una serie que vi por 7 años y odié por 4.

En los últimos años, la expansión de las cadenas de televisión y plataformas online ha causado una sobreproducción de programas televisivos nunca antes vista. De un año para otro, teníamos historias sobre absolutamente todo: la vida de los hombres de la mafia, lo que pasa después de la universidad, el mundo de la publicidad y hasta de la crianza de la hija de una asesina serial. El internet tomó el papel de vertedero de críticas o fandoms para todos y cada uno de esos programas; ahora hablamos de series como señorxs en el súper discutiendo sobre la calidad de las verduras.

Las casas productoras han dado todo para tener contenido de buena calidad. Al momento de llevar al aire un show, tienen grandes esperanzas y generan muchas expectativas del público. Algunos programas triunfaron y lograron quedarse en nuestro corazón por siempre (aunque después Netflix los mató #Sense8NeverForget), pero muchos otros resultaron ser terribles y lo único que lograron fue quedarse – por las razones incorrectas – en nuestra memoria por s i e m p r e. Esto llevó a que se creara un término en las redes sociales conocido como hate-watching.

Usado por primera vez en un artículo para The New Yorker, este concepto se refiere a la práctica de ver una serie de televisión, que sabes que es mala, con el único propósito de criticar lo terrible que es. Es difícil traducirlo al español, pero se podría explicar como “verlo para odiarlo”, es decir, existe una predisposición a criticar todo lo que veas en la serie. Sin esa predisposición deja de ser hate-watching y se convierte en un simple placer culposo.

A diferencia del guilty pleasure, el hate-watching requiere de una serie ambiciosa, con un guión demasiado complejo y una estética casi perfecta, series que aspiraban algo y fallaron en obtenerlo. Un reality suele ser un guilty pleasure porque su realización no requiere de mucha planeación ni tiene altas expectativas, está diseñado para que procrastines y olvides tus responsabilidades; como el día en el que se murió tu pez y les dijiste a todxs que fue porque habías salido de viaje, pero en realidad olvidaste alimentarlo por ver el recap de las primeras seis temporadas de Say Yes to the Dress.

De acuerdo a la biblia contemporánea Urban Dictionary, unx espectadorx cree que es de vital importancia odiar el programa, tal vez porque pensamos que va a mejorar y nos hará felices o tal vez porque disfrutamos la adrenalina que nos da odiarlo. Cual sea la razón, el hate-watcher no puede dejar de ver el desastre que resultó ser ese programa del que esperaba tanto *coff* Girls *coff*. En resumen, hate-watching no es ver las primeras tres temporadas the The O.C. y haber llorado cada vez que salía Hallelujah – sí, me refiero al episodio 25 de la tercera temporada y la culpa que tuve cuando me acabé mi paquete de pañuelos desechables -, hate-watching es haber visto la cuarta temporada de la serie, odiar cada momento y voltear los ojos cada vez que salía Taylor Townsend.

Tal vez pienses que no lo haces porque, vamos, ¿quién gastaría tiempo en ver algo que le parece absurdo? Parece hasta malicioso hacer algo así, pero cuando menos lo piensas, te encuentras frente a tu televisión o laptop y te preguntas cómo llegaste a ese programa, le gritas a la pantalla y los personajes te dan cringe cada vez que abren la boca. En ese momento ni siquiera sientes culpa, hasta llevas tus rants de cada episodio a Twitter o Facebook y no dejas de quejarte de la mala construcción de los personajes, las situaciones exageradas que existen y de los cabos sueltos que dejan en el guión, pero la sigues viendo religiosamente cada semana.

Existen muchísimos programas de televisión para convertirnos en hate-watchers. Hasta tu programa favorito se puede convertir en una serie sin sentido, porque eso también puede pasar (fue lo que pasó con The Big Bang Theory, How I Met Your Mother y muchas otras series). Una producción destacable para hacer esto es Lost, podría afirmar que la mayor parte de su audiencia la veía para odiarla; episodio tras episodio esperabas que se pusiera mejor pero no lo lograba, tenía demasiados misterios que jamás se resolvieron. Cuando salió el final de la serie, yo odiaba todo y no podía creer que había visto todas las temporadas a pesar de que los personajes me parecían ridículos, amaba tanto ese programa que esperaba que llenara esos pequeños vacíos que mi consumismo necesitaba tener. Quería un final que me diera respuestas, que hiciera sentido y le diera claridad a mi existencia, obtuve todo lo contrario y sé que no fui la única que se sintió así (espero).

Las series de televisión pueden llegar a ser malas de maneras espectaculares, pero aprendes de ellas, de su narrativa wanna be cool y sobre todo de lo peligroso que es dejar que un showrunner le de rienda suelta a su imaginación y termines con una producción costosa que parece vómito estético (sí, estoy pensando en Baz Luhrman y The Get Down).

Nadie está exento del terrible fenómeno que es el hate-watching, creo que hasta mi abuela lo ha hecho viendo programas de Galavisión (¿sigue existiendo?). Yo lo hice hace algunos días viendo las dos horas del final de Pretty Little Liars, porque al parecer me encanta darle siete años de mi vida a una serie cuyos personajes cometen las decisiones más estúpidas de la vida. Pero lo hice porque ¿saben algo? MAMA DIDN’T RAISE NO QUITTER.

Así que déjense llevar, basta de negarlo y comiencen a apreciarlo, embrace the hate-watching.

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