Oda reflexiva al beso.

“En un beso sabrás todo lo que he callado”- Pablo Neruda, poeta chileno

Hay algo indescriptible en todos los besos que he dado. Algo que ni siquiera se encuentra oculto, está ahí al alcance del gusto, del tacto y del olfato. Toda una malteada  emocional de feromonas que me producen una sensación familiar. Es adictivo.

¡Me encanta besar!

¡Nos encanta besarnos!

Cuánto placer. Cuántas ganas de deshacernos la boca. Las 600 especies de bacterias que intercambiamos seguro valen la pena. Las 26 calorías que quema mi cuerpo con cada uno de ellos me alientan a pedir dos tacos más para llevar. Y de postre… más besos.

La oxitocina no me deja separarme, me aglutino. La seratonina no permitirá que deje de pensar en esto mañana por la mañana. Ella es la culpable de convertirme en “little  obsessive”. Si tu lengua glaseada cubre la mía con otra capa más de testosterona, juro que me quito los calzones ahorita mismo y lo hacemos to’ el rato, como Maluma. Esta dependencia química se repetirá. Al final toda sustancia cerebral viene y va, tal como las olas recicladas del mar. Qué efectivo puede llegar a ser engañar eléctricamente al cerebro.

Pero a ti, a ti no te puedo engañar.

Mi boca recelosa puede palabra alguna callar pero mis labios chismosos te escupirán toda la sopa. No solo regalamos nuestra data en internet sino también IRL (in real life). ¿Qué dirán mis labios de mí? Además de que ando medio deshidratada te dirán que tan fértil soy. Según el filósofo José Ortega y Gasset, inclusive te revelarán elementos esenciales de mi personalidad.

Esto te está gustando, lo sé. Vamos por buen camino bebé.  Tomando en cuenta que no existen malos besos sino organismos que no son compatibles, tú y yo ya llevamos la delantera si lo que buscas es evitar contraer infecciones o preservar la especie. Los doctores recomiendan besar más y pues hay que cuidar la salud, ¿no?

Qué alivio saber que a veces nuestro ADN puede tomar decisiones por uno mismo de mejor manera que la consciencia.

Queridx, cómo odio al tiempo. Se hace pasar por nuestro amigo pero a veces estorba y presiona más de lo que en verdad ayuda. Pasan los días y los besos se encapsulan. Se vuelven indescifrables. Se dice que por cada 50 besos dados la mente humana solo es capaz de retener el recuerdo de uno.
¿Pero cuál voy a atesorar? Espero que sea alguno de los que te doy como alarma despertadora para que te despabiles los domingos.

¿Qué pensará la gente cuando nos vea besarnos?

¿Qué somos autónomos? ¿Qué somos unos copiones?

Entre los científicos y los románticos se discute si el besar es un acto instintivo para el desarrollo humano como lo pensó en su momento el señor Darwin o si lo aprendimos meramente por repetición.

Los nerds de la ciencia se quiebran la cabeza dándole vueltas al asunto. Hasta inventaron su propio club al cual llamaron filematología. Allí se entremezclan con otras gamas del conocimiento. Disque se hicieron amigos de los químicos y los biólogos, de los psicólogos y psicoanalistas, de los sociólogos, antropólogos e historiadores. Más que un club de estudio parece una fiesta, una orgía. Espero no encuentren demasiadas respuestas sino no sabrían apreciar la belleza de los misterios.

Oh bebé, yo no aprendí este arte de ti.  Aprendí con las fantabulosas historias de las princesas de Disney. Aprendí con las novelas románticas que devoré antes de siquiera haberme acercado a otra boca entreabierta y jadeante. Todavía recuerdo el beso invertido entre el Hombre Araña y Mary Jane. Me pregunto con qué tanta ficción y con qué tanta realidad se estructuraron mis deseos y reacciones ante los estímulos físicos de afecto.

Saciar la sed

Me sorprendo cada vez que escucho un latido de corazón que no sea el mío. Me sorprende el privilegio de poder ser testigo de la vitalidad de otro cuerpo. La proximidad evidencia la reciprocidad: el juego, el lenguaje. He aquí el origen.

Después de haber limitado el uso de la boca para satisfacer la necesidad del alimento, el semiólogo francés Roland Barthes señala la primera revolución humana cuando el hombre aprendió a hablar, y la segunda e importantísima, cuando aprendió a besar.  Todo este movimiento sociocultural fue motivado por la necesidad de conectarse más y mejor con los demás, o mejor dicho al estilo de Neruda: para saciar la sed.

¿Y por qué seguimos sedientos? Yo beso porque creo en las revoluciones.

¿A quién hay que culpar por está globalización caníbal?

¿A los locos que lo mencionaron por primera vez en sus escritos 1500 años A.C.?
¿A los señores feudales que prefirieron enseñar a sus trabajadores a besar para firmar un contrato en lugar de enseñarles a leer o a escribir? ¿Acaso a los intrépidos conquistadores europeos que sobrevivieron los períodos de plagas y pestes donde los besos no eran permitidos por la ley y posteriormente besaron y conquistaron al mundo? (Con los esquimales no hay que meternos porque sabemos muy bien que su parte de la culpa se limita a la nariz).

Hay variedad de idiomas, de colores de piel, de normas sociales, pero el beso, aunque tome distintas formas, sigue siendo uno de las costumbres compartidas que más nos humanizan” – Sheril Kirshenbaum, científica y autora de The Science of Kissing

Qué poco poética es la imposibilidad de fosilizar un beso, aunque se recurra al arte como válvula de escape para materializar lo que pueda ir más allá de lo material.

El Beso de 1907 por Gustav Klimt representa una de las imágenes más icónicas en la historia del arte. Esta obra pudiera evocar a las palabras del poeta Robert Burns:

«El beso santifica el más entrañable de los sentimientos”.

Dentro de la representación cultural algunos besos fueron capaces de otorgar vida (como Blanca Nieves) o de quitarla (como el performance Breath In/ Breath Out). En 1977, la reina del performance Marina Abramovic y Ulay, quien fuese su compañero de vida y arte, obstruyeron sus canales nasales para limitar su respiración al dióxido de carbono emitido en un nocivo beso. Frente a la audiencia, la pareja permaneció en pose de dementor por 19 minutos hasta que ambos se desmayaron a falta de oxígeno.

El devenir de tanta pulsión. Púlsame aquí, púlsame allá.

Esto me remite a como cuando éramos niños y le dábamos mucha importancia al placer oral. Todavía quizás. ¿Sabías que no somos los únicos que andamos de besucones? Los elefantes y los zorros, las aves y los monos. Bueno si hasta los leones se empiezan a poner cachondos después de una que otra mordidita. Quizás Darwin siempre tuvo la razón, mi amor. Lo que es innegable es la aportación que el gesto brinda a nuestros vínculos con los otros. A pesar de toda diferencia, el gesto nos humaniza.

Por ello queridx te comparto esta oda al oído para que tus besos:

– Seduzcan desde el autoconocimiento;

-sean congruentes con tu expresividad y contexto;

-encuentren satisfacción propia y mutua en tus encuentros vampíricos;

-no se conviertan en un hábito desértico. ¿Con qué ideas y sentimientos riegas tus ganas de besar?

Que mis palabras conformen una invitación para volvernos locos de lenguaje a conciencia y disfrute.

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