Pocas preguntas son tan polémicas como esa, y pocas de sus respuestas son justas con los tiempos en que vivimos.

En la escuela, en la casa y en la calle nos han enseñado que géneros tan solo hay dos: el masculino y el femenino; hombre y mujer. Los movimientos por la diversidad plantean precisamente lo contrario, que el género es un espectro amplio en donde caben muchas posibilidades del ser. Sin embargo, la respuesta a esta pregunta es más compleja de lo que nos gustaría incluso a quienes pensamos lo segundo.

Para contestarla, primero necesitamos dejar una cosa clara: a qué nos referimos por género. Esto es algo fundamentalmente distinto del sexo biológico y de la orientación sexual: el primero es determinado por cuestiones materiales, inherentes al cuerpo humano, como son por ejemplo los genitales que cada quien tiene entre las piernas. El sexo tiende a determinar procesos corporales como la erección o la menstruación y potencialidades como el embarazo o la enfermedad.

El segundo es la atracción sexual y sentimental que sentimos como seres humanos por otros seres humanos. Aproximaciones naturalistas afirman que las personas con vagina se enamoran y se acuestan con las personas con pene y viceversa, pero la realidad nos dice algo distinto: por más que sea la norma, no todo mundo se siente así. En realidad no hay un consenso claro en por qué algunos señalan a la genética, otros a la mente y otros a la sociedad, pero lo cierto es que homosexuales, bisexuales, pansexuales y asexuales hay y ha habido desde que tenemos registro. En todo caso, la novedad son los nombres con que nos referimos a cosas bastante antiguas.

Sucede que el género no es ninguno de ellos sino un proceso social que involucra al sexo y a la orientación sexual tanto como les trasciende. El género es una identidad, un qué somos y quiénes somos por ello. Esto ocurre en un marco social: en relación a otras personas con las que compartimos el mundo y frente a las que nos identificamos según las semejanzas y las diferencias que encontremos. Es por eso que, como cualquier identidad, el género es un rol que produce expectativas de comportamiento y castigos para quienes no las cumplen. Es la razón por la que se supone que a (todas) las niñas “les gusta el color rosa” y (todos) los niños “no lloran”.

Nos han enseñado que los dos géneros son el femenino y el masculino porque están ligados a nuestros genitales. Mucha gente habla de hombres y mujeres porque se refieren a los órganos sexuales que esas personas tienen en el cuerpo, pero también se refieren a quiénes son como personas porque piensan que es lo mismo. A esto se le llama género binario porque sólo hay dos alternativas: “si no es perro es perra”, como dicen en mi colonia. Una sencilla mirada introspectiva o alrededor constata todo lo contrario, no a todas las personas con vulva les gusta el trabajo doméstico ni a todas las que tienen testículos les gustan los puestos directivos. Factores como la educación, la cultura y el gusto personal pesan mucho más que el cuerpo en esto. Quizás tú, quien está leyendo esto, seas un ejemplo vivo.

A las identidades se les llaman roles, como los que juegan los actores de cine, porque precisamente eso son: una performatividad. Es decir que actuamos como hombres o mujeres frente al teatro que es el mundo porque eso se espera de nosotras y nosotros, eso nos han enseñado y además sabemos que se nos puede castigar si no cumplimos. Las personas que queremos pueden alejarse, oportunidades que buscamos pueden cerrarse y actividades que disfrutamos pueden prohibirse porque nuestro desempeño no es normal. Prefiero aguantarme un partido de futbol a no pasar tiempo con mi padre y quizás tú prefieras cocinar con tus amigas con tal de verlas más seguido, aún si a mí me aburren los partidos y a ti seguir una receta. Si el ostracismo o exclusión es evitable, eso es preferible.

Otras personas no tienen opción, el ostracismo es inevitable porque es en función de cosas que no pueden controlar. Su orientación sexual, por ejemplo. Si una persona con ovarios se siente atraída por otra, eso no ha sido decisión suya; pero sentirlo (o, peor aún, expresarlo) rompe con las expectativas que tienen de ella como mujer. Sin embargo, incluso si le gustan las personas con pene pero en plural varias al mismo tiempo tampoco es lo que se supone que sienta como mujer y también se le castiga. Los límites del género son mucho más estrechos, mucho más cercanos de lo que nos gustaría pensar.

Las personas intersexuales y transexuales representan otro reto para la noción limitada del género binario. Quienes nacieron con características biológicas de ambos sexos y quienes han modificado su cuerpo para adquirir características sexuales distintas a las que tenían al nacer presentan, tan sólo con su existencia, una pregunta para los conservadores: ¿Qué y quién soy si depende de mi cuerpo, y cómo debería comportarme si de eso se trata? La respuesta es bastante liberadora desde que se entiende el carácter fundamentalmente social del género, aún si a los conservadores no les gusta.

Los movimientos por la diversidad precisamente ponen el énfasis en ese carácter: el género es una construcción social, no está escrito en piedra ni fuera de nuestro control. Lo hemos decidido como sociedad y por eso podemos decidir algo distinto. La idea tiene muy poco de disparatada cuando se considera que en muchas sociedades existen más de dos géneros, y que México es un caso de ello. En el istmo de Tehuantepec, Oaxaca, además de hombres y mujeres también hay muxes: personas con pene que adoptan distintos roles femeninos, tanto culturales como sexuales, sin que esto cause ningún conflicto en su comunidad.

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Es por eso que se impulsa el reconocimiento de personas que prefieren expresarse fuera del género binario. No sólo hablamos de las transgénero, quienes adoptan roles comúnmente asignados a personas con un sexo distinto al suyo; también de quienes eligen vivir nuevas feminidades y nuevas masculinidades, como hombres que se permiten ser más afeminados y mujeres más masculinas de lo “normal”. Incluso se defiende a quienes se identifican con el género cuir (o queer): una tercera opción que no es femenina ni masculina sino algo distinto e independiente de las categorías binarias que hemos heredado. A todo este frente de la diversidad se le conoce como política de identidades o identity politics y no niega las realidades materiales del cuerpo, lo que hace es aceptar que sus retos no son regla para la expresión del género.

Entonces, ¿cuántos géneros existen en realidad? Para quienes somos activistas de estos movimientos la respuesta fácil es: tantos como puedan imaginarse. Cuando el género es un espectro construido socialmente, que va desde lo más masculino hasta lo más femenino y en el que cada persona puede elegir posicionarse donde guste (o salir de él), el límite no existe. Bien podría haber tantos géneros como hay personas, y hablaríamos de miles de millones. Sin embargo, no tendríamos razón.

Todas las identidades se negocian y se disputan en el espacio público. No sólo el género: literalmente todas. Yo no puedo adoptar la identidad de padre si la sociedad no acepta que lo sea aunque no tenga hijos, ni puedo adoptar la de presidente sin que me respeten esa autoridad quienes viven en el territorio que yo digo gobernar. La auto-atribución de una identidad es negociada siempre con la alter-atribución, lo que otras personas me depositan y esperan de mí; esto lo señala la antropóloga Maura Penna al estudiar las identidades sociales pero no en el género sino en la pertenencia a la región noreste del Brasil.

Ninguna identidad nos es dada, ninguna es aceptada en la sociedad porque la declaremos. A pesar de que las personas diversas merecen respeto, la sociedad no se los dará sobre un género que no se ha construido socialmente sino que a tres personas se les ocurrió proclamarlo un día. La mayoría va a tratarlo como un chiste local en el mejor de los casos; o como una amenaza directa, en el peor. En la política de identidades nos hemos preocupado tanto por las posibilidades de identidad que nos hemos olvidado de la política.

Tan urgente es criticar nuestra postura política sobre las identidades que incluso nuevas propuestas defendidas en el movimiento merecen pensarlas dos veces. El gay, por ejemplo, es una identidad homosexual en específico, anglosajona y primermundista. Abarca a los vaqueros Ennis del Mar y Jack Twist en el Secreto de la Montaña, pero no a los rancheros jotos que se besan en una siembra colimense. Cuando luchamos por los derechos de los gays en México, difícilmente estamos luchando por los prietos y pobres que además son putos.

El consenso de aceptar los diversos géneros que emergen es sensato, por eso lo suscribo. Eso no cambia que abarque tan solo al grupo de convencidos que ya militamos en el movimiento. Es necesario hacer pedagogía y política en las amplias mayorías que existen fuera de nuestras comunidades “tolerantes”, en donde vive la gente que desconoce, niega o teme la posibilidad de que haya en el mundo más que hombres y mujeres. También es necesario volver hacia adentro y hacernos las preguntas más incómodas que podamos. Sin eso, poco va a cambiar la realidad de ostracismo que viven quienes existen en la diversidad.

Ahora, no es trabajo de todas ellas el negociar con las mayorías sobre los nuevos géneros que proponen, ni disputarles la noción misma del género. Depositar en las personas diversas esa responsabilidad, cuando no eligieron ni tienen control sobre su posición de marginales, es injusto. Ya tienen bastante trabajo con subsistir como para que además tengan que trabajar por existir. Esa labor es política y le corresponde solo a quienes eligen llevar la bandera del activismo.

Una línea de acción irrenunciable es la personal. Es necesario luchar por sustituir el género binario en nuestras casas, esos lugares íntimos donde ya nos enseñan lo contrario. Hay una tarea latente en nuestras vidas privadas, con las personas que queremos, porque lo personal es político. Sin embargo, no todas las agredidas en lo personal van a elegir esa labor política aunque todas las personas diversas sean agredidas en lo personal: es por eso que otra línea necesaria es tomar el poder que existe en las instituciones del Estado. Necesitamos incidir y transformar la realidad en las escuelas y en las calles, en todo el espacio público. Las instituciones ya están ocupadas por quienes no cuestionan o incluso defienden el género binario, hasta que las marginales les sustituyan y tomen las riendas vamos a librar una lucha con futuro.

¿Cuántos géneros hay? Hoy, no muchos. Existirán tantos como consigamos consensuar en nuestras comunidades, tantos como logremos construir en la sociedad donde vivimos.

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