Foto: Centro de Investigación y Archivo Kraeppelin (Facebook Oficial CIAK)

“¿Por qué usar la palabra escrita y no el habla? ¿por qué recurrir a la mediación del código visual cuando el aural permitiría una comunicación más directa? Sobre todo porque liberaría nuestros ojos para que nos miráramos” – José A. Sánchez.

Hace algunos meses, escuché de una fuente cargada de mi admiración que la experimentación es un método que conduce al descubrimiento de las cosas. El estado natural del ser humano es la búsqueda. Somos seres ambulantes de un mundo desconocido, con el que interactuamos a través del cuerpo, y es esta articulación de elementos y funciones la que nos permite introducirnos al medio ambiente en el que vivimos, dotado de un universo de miradas con vivencias distintas, algunas teñidas de alivio, otras de dolor. El cuerpo, entre sus múltiples funcionalidades, es utilizado naturalmente como un medio de protección al universo exterior, al estar sumergidos en ciertos espacios nos colocamos una máscara que nos representa formada por medio del reconocimiento interior y exterior.

La máscara de -cualidad plástica y materia moldeable- está expuesta al cambio constante. Al entrar en contacto con el entorno tiene la cualidad de desarrollar su capacidad para apropiarse de los hallazgos obtenidos a lo largo del tiempo. La decisión de cómo exterioriza la propiedad de los descubrimientos está en el potencial trascendente y creativo que la imaginación pueda alcanzar.

Desde esta reflexión, me parece oportuno anotar el ejemplo de un personaje místico de la ciudad de Guadalajara, conocido por su radicalidad y su pseudónimo extraído de la personalidad científico-psiquiátrica de Emil Kraepelin[1]: Juan Ávila “Kraeppellin”. Este artista tomó como referente su segundo nombre para expresar a través de diferentes medios que indagó como la pintura, la escultura, el collage y el performance, los descubrimientos que obtuvo.

Juan Ávila Kraeppellin, en su momento, hizo uso de la provocación de los individuos que le rodeaban para abordar su trabajo. El miedo, la angustia, el descontento, la confrontación, la impresión, el sobresalto, la sorpresa, el asombro, entre otras, fueron algunas de las reacciones que obtuvo del público bajo su excentricidad en espacios no convencionales.

Al parecer, su cuerpo mismo fue un instrumento artístico que facilitaba los hallazgos con el estudio de la reacción del humano al percibir algo diferente a lo que su ojo acostumbraba. De esta manera, Kraeppellin cubría su cuerpo con artefactos que complementaban su personalidad y lo transfiguraban como algo poco usual en las costumbres de vestimenta habituales.

Kraeppellin vislumbró con su arte otros modos de percibirnos como sociedad, su creación artística fue un reflejo disruptor de los esquemas cotidianos. Con herramientas como su lápiz y su pincel, trazó figuraciones que trascienden la línea del cuerpo cotidiano hacia otras constelaciones más allá de la realidad. Desplazándose de la imagen anatómica deseada, logra proyectar en sus creaciones cuerpos sin ningún parámetro que limite cómo pueden ser estos observados en la trama social.

En la primera pieza adjunta, se percibe el rostro de un roedor con cuerpo femenino, cubre su busto con un par de hojas unificadas y lleva un gorro verde con una estrella roja (generalmente utilizado como un símbolo de manifestación ideológica y religiosa). A su alrededor, orbitan misteriosos querubines de origen no identificado, cada cual emana un peculiar e inquieto gesto.

La pieza siguiente se conforma por una mano que señala y eleva con su dedo indicativo a un cuerpo tendido en el aire, soportando en su rodilla a una persona de aparente sexo femenino quien se encuentra a la mitad del lanzamiento de un hechizo. La fluidez de su cabello se extiende como el brillo de una estrella, mientras que su uretra se conecta a un yin yang, símbolo del taoísmo que representa a los principios masculino y femenino como fuerzas opuestas y complementarias.

Debajo de esta pieza se encuentra un cuadro que contiene a distintos espectros mostrando notoriamente el sexo del que provienen, según el estándar social supuesto, pues estos adquieren otras formas no humanas con la evidencia de que en la realidad detrás de esta imagen la distinción  del género con respecto a la configuración del cuerpo no existe.

Por último, el cuerpo de un payaso con sus extremidades mutiladas, mantiene una estampa de corazón en su pecho izquierdo, fija la mirada en el cuerpo que aparenta ser de una mujer desnuda, quien inclina su cabeza a un costado izquierdo y deja distinguir entre líneas sombrías un perfil afilado y varonil.

Entre otros significados comprendidos en las piezas esperando a ser decodificados por el espectador, Kraeppellin decide crear una ruptura de lo esencialmente perceptible a la invariable y tradicional vista del ser humano en torno a nuestros cuerpos. Seguramente, las circunstancias que detectó en su momento fueron vitales para haber desarrollado esta calidad de manifestaciones anatómicas. Quizá estas imágenes nos desplazan a la evolución del ser humano en un futuro, sin necesidad de categorizarnos con un género para determinar conductas, porque simplemente es cuestión de no permitirnos voltear hacia lo que parece ser diferente.  Quizá la solución esté en poner el cuerpo, utilizarlo como un instrumento de experimentación y obtención de hallazgos para conocer qué es eso detrás de la máscara que no nos deja mirarnos.

Foto: CIAK

Foto: CIAK

Foto: CIAK

Foto: CIAK

 

 

Referencias:

Página web del Centro de Investigación y Archivo Kraeppelin (CIAK) -www.ciak.com-

Taller “Materia: Interacciones fundamentales” impartido por Marcela Armas y Gilberto Esparza, en el Museo de Arte de Zapopan.

“Adiós al cuerpo, una teoría del cuerpo en el extremo contemporáneo” de le Breton.

[1]  Emil Kraeppellin fue un psiquiatra alemán. Fundador de la psiquiatría científica moderna, la psicofarmocología y la genética psiquiátrica.

Facebook Comments